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MURIÓ DIEGO
2020-11-25
Sección EDITORIAL
MURIÓ DIEGO

Murió Diego.
No hizo falta poner el apellido.
Nunca me había gustado el fútbol, mucha violencia y demasiado individualismo, hasta que llegó Diego.
Correrán tsunamis de tinta con su nueva inmortalidad, porque inmortal ya lo era.
De hecho, aprendí el abecé del fulbo por él. Y no pasé de la f.
Durante la dictadura padecí la contradicción del mundial 78, militando en el sindicalismo clandestino en una de las empresas que hicieron de la represión su política de personal: Ford Motors en Pacheco.
Sabíamos que los genocidas usaban el mundial para reducir su descrédito y para aumentar la represión, pero con cada gol que celebrábamos dentro de la planta, se relajaba el control e incluso de detenía la producción. En la calle volvía la gente a salir y manifestarse celebrando. Hicimos algunas reuniones clandestinas con mis camaradas trotskistas mientras agitábamos las banderas celebrando la victoria amañada por los militares.
En el mundial de México Diego ascendió al cielo donde ahora reina, cuando le hizo un gol con la mano al eterno enemigo de nuestra Matria, los piratas ingleses.
Diego cosechó goles, elogios, adulaciones más o menos interesadas y también los vicios de esta sociedad consumista que no permite una elevación social sin el peaje de las drogas y el alcohol.
Su deterioro final estaba previsto, pero no por eso es menos doloroso.
Mi admiración por Diego es futbolera pero esencialmente política.
Las miradas supremacistas siempre intentaron reducirlo a una máquina de músculos y un sudaquita vicioso y sin criterio.
Un “cabecita negra” (cómo nombran despreciativamente los racistas argentines) con buenas piernas y nada más.
En este tema Diego también hizo sus goles. Tuvo la inteligencia de ponerse dos camisetas en México, guardando la segunda hasta que pudo ir a Cuba para regalársela a Fidel cómo prenda de admiración por esa revolución ahora devaluada y para dejar el recuerdo en su piel, se tatuó la imagen del Che y de Fidel.
Con los años y las enfermedades más las adicciones, el Diego se convirtió en el altavoz de la gente, el que con una frase sintetizaba eso que los sectores populares jamás podrían propalar, cómo sus críticas cáusticas al vaticano.
Diego, a diferencia de la inmensa mayoría de los grandes deportistas, se definió siempre por su gente, no se mantuvo en la altanera jaula de oro de aquellos gladiadores que el poder tolera como un bufón más.
No dudo que esta cualidad viene de su infancia, cuando jugaba descalzo con “Las cebollitas” porque no tenía ni zapatillas, ganando unos pesos para que su madre pagara las deudas de la verdulería y el almacén. Casi analfabeto a duras penas acabó la primaria. Llegó a su cielo no solo por dar patadas certeras, también por su coherencia.
Se fue un ídolo del Pueblo, que ganó los mejores campeonatos en la cancha del corason popular.
Diego Arcos.

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